De la anticipación al balance: qué ha dejado la primera mitad de 2026 y qué esperar de la segunda

Desde el ecuador de 2026, hacemos un balance de qué nos ha dejado la primera mitad del año y de dónde poner el foco en los próximos meses.

De la anticipación al balance: qué ha dejado la primera mitad de 2026 y qué esperar de la segunda

En enero, desde Prosegur Research describíamos 2026 bajo la lógica del “año de las 3P” (personalismo político, proteccionismo económico y polarización social). Seis meses después, conviene contrastar aquel diagnóstico con los hechos y, sobre todo, mirar hacia delante: la segunda mitad del año concentra algunas de las citas más determinantes del ejercicio y, con ellas, buena parte de los riesgos que anticipábamos.

Un primer semestre que confirma el diagnóstico

El informe advertía de un tránsito “del ajedrez al póker”: un sistema internacional que cambia las reglas estables por una partida de faroles, esferas de influencia no formalizadas y “poder líquido”. Los hechos del semestre lo han confirmado casi sin matices. Estados Unidos capturaba al presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero; el 28 de febrero, Israel y Estados Unidos atacaban instalaciones nucleares iraníes y provocaban la muerte del líder supremo Jameneí; y, en paralelo, Rusia y China estrechaban su coordinación con ejercicios militares conjuntos. La Conferencia de Seguridad de Múnich, en febrero, funcionó como termómetro de una fractura transatlántica que no ha dejado de profundizarse. El mensaje de fondo que señalábamos, que la fuerza, aplicada de forma decisiva y localizada, funciona, ha quedado peligrosamente validado.


En el plano geoeconómico, el semestre ofreció un ejemplo más contundente que cualquier arancel: el cierre del estrecho de Ormuz entre finales de febrero y mediados de junio, reabierto en un principio, solo tras la mediación de Pakistán, y en un estado volátil y cambiante desde entonces. La guerra comercial siguió su curso errático, el arancel a la UE ligado a la disputa por Groenlandia, la invocación de la Sección 122 o el fallo del Tribunal Supremo que tumbó los aranceles amparados en la IEEPA, confirmando el comercio como instrumento de poder, aunque con un contrapeso institucional que matiza el “escenario de reordenamiento” previsto.


Las demás claves también dieron señales. La ola de protestas de la Generación Z, de Nepal, Madagascar o Marruecos a la “Revolución Flamingo” albanesa de junio, confirmó la fatiga social y la erosión reputacional de ciertas instituciones. En tecnología, la designación por parte del Pentágono de una empresa nacional de inteligencia artificial como “riesgo de cadena de suministro”, el cierre de Sora por parte de OpenAI o el relanzamiento de la misión Artemis II ilustraron la convergencia entre seguridad y defensa y la competición tecnológica entre potencias. Y en el frente climático, el frío extremo en el norte de Europa, las sequías en Brasil y Argentina o las olas de calor tempranas en Europa occidental reforzaron el paso de la anomalía al patrón.
 

Qué esperar del segundo semestre

Si el primer semestre confirmó el diagnóstico, el segundo lo somete a prueba. La agenda internacional se concentra en un puñado de citas que funcionarán como un test de las tendencias descritas.


El pulso de Washington con el mundo. El calendario se abre con la Cumbre de la OTAN en Ankara (7 y 8 de julio), planteada por la Alianza como una cumbre de ejecución: los compromisos de gasto adquiridos en La Haya (la meta del 5 % del PIB) deben traducirse en capacidades concretas, con Zelenski presente y una Alianza tensionada por el reparto de responsabilidades entre Estados Unidos y sus socios europeos. Y se cierra en noviembre, con las elecciones de medio mandato del día 3, que renovarán toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado y operarán como referéndum sobre el mandato de Donald Trump. De su resultado dependerá el margen del Ejecutivo estadounidense para sostener (o endurecer) su política exterior, comercial y de apoyo a Ucrania. Entre ambas fechas se dirime si el “poder líquido” deriva en cohesión real o en fractura abierta.


Un multilateralismo cada vez más fracturado. La agenda geoeconómica ofrece dos citas de signo opuesto. El 12 y 13 de septiembre, India acoge en Nueva Delhi la Cumbre de los BRICS, escenario natural donde el Sur Global tratará de articular una respuesta común frente a la agenda “America First”, con la interoperabilidad de las monedas digitales y el sistema BRICS Pay como pruebas de una arquitectura financiera alternativa. El 14 y 15 de diciembre, Miami acoge la Cumbre del G20, primera vez que Estados Unidos la organiza en casi dos décadas, coincidiendo con su 250 aniversario, ya marcada por la exclusión de Sudáfrica y por una agenda deliberadamente estrechada a la desregulación, energía y tecnología. Dos foros y dos visiones difícilmente conciliables del orden económico. A este cuadro se suma la vulnerabilidad de los grandes cuellos de botella energéticos: tras el precedente de Ormuz, el foco se desplaza al estrecho de Malaca, la arteria por la que transita la mayor parte del crudo que abastece a China y cuya “trampa” condiciona cualquier escenario en el Indo-Pacífico.


Sociedad, regulación y clima. El malestar social tiene una expresión electoral inmediata en Latinoamérica: el 7 de agosto toma posesión en Colombia Abelardo de la Espriella, que se impuso por un margen mínimo al candidato de la izquierda con un discurso de mano dura frente al crimen y el narcotráfico y el respaldo explícito de Estados Unidos, en un relevo que conecta de lleno con el expediente venezolano. En el plano regulatorio, la presidencia irlandesa del Consejo de la UE, iniciada el 1 de julio, aspira a cerrar antes de fin de año la Ley de Ciberseguridad y el euro digital, además de pilotar el presupuesto plurianual, la ampliación y el siguiente paquete de sanciones a Rusia. Y en noviembre, la COP31 de Antalya (del 9 al 20), con Turquía como anfitriona y Australia al frente de las negociaciones, marcará el primer gran punto de control de los compromisos climáticos de cara a 2035, en el tránsito de la era de las promesas a la de la implementación.
 

Qué significa para las organizaciones

Vista en conjunto, la agenda del segundo semestre, de Ankara a Bogotá, de Nueva Delhi a Antalya y Miami, con las urnas estadounidenses de noviembre como bisagra, es, en sí misma, el mapa de riesgos que anticipábamos en enero. Para cualquier organización, esto se traduce en varios vectores que conviene vigilar: la tensión en la cadena de suministro de componentes electrónicos, presionada por la carrera en inteligencia artificial; la inestabilidad del mercado energético, no solo por Ormuz o Malaca, también por el uso masivo de drones contra instalaciones petroleras y gasistas; el riesgo latente en torno a Taiwán, en función de cómo el desenlace del conflicto con Irán reconfigure el cálculo estratégico de China; y unos flujos migratorios que estas mismas tensiones pueden exacerbar.

Es la lógica del “año de la seguridad de lo crítico”: puertos, redes eléctricas, data centers, cables submarinos o cadenas de valor se convierten en objetivos estratégicos, y la convergencia entre seguridad y defensa deja de ser una excepción para volverse el marco de trabajo. El desafío, como concluíamos en enero, es demostrar que la gestión del riesgo funciona bajo presión real. Porque, más que meros cambios en las estrategias, lo que este 2026 exige son estrategias para el cambio.